PM Johnson
Tiempo de lectura: 4 minutos

Bloomberg Opinión — El primer ministro Mustafa al-Kadhimi tuvo suerte de salir con sólo un ligero corte del ataque con drones a su residencia a primera hora del domingo, cubierto por un vendaje en su muñeca izquierda para su discurso televisado tras el ataque. Pero, a pesar de su llamamiento a mantener la calma y seguir adelante, Kadhimi no puede ocultar la grave lesión sufrida por el cuerpo político iraquí.

Ni debería intentarlo.

Desde su nombramiento en mayo de 2020, el primer ministro ha tratado de conciliar con las milicias chiíes respaldadas por Irán que atentan contra el frágil sistema democrático iraquí. Ahora, debe enfrentarse a ellas y a sus amos en Teherán.

El descarado atentado contra su vida da a Kadhimi la justificación para ordenar la tan esperada represión a las milicias. No cabe duda de que el atentado ha sido obra de uno de los grupos armados de Irán: entre los muchos grupos armados que operan en Irak, sólo ellos tienen acceso a drones, suministrados por la República Islámica a sus proxies en todo el mundo árabe, desde el Líbano hasta Yemen.

En Irak, las milicias chiitas han utilizado drones suministrados por Irán para atacar bases militares que albergan personal estadounidense. También han lanzado ataques con aviones no tripulados en el interior de Arabia Saudí desde emplazamientos iraquíes. Pero el primer ministro, temeroso de enemistarse con Teherán, se ha resistido a señalar a los grupos responsables de estos ataques, y mucho menos a condenar a sus proveedores.

Si Kadhimi se anima ahora a denunciar a los culpables y a sus controladores, podrá contar con una poderosa arma política de la que ha carecido hasta ahora: el apoyo de sus compatriotas.

Los iraquíes hace tiempo que se han cansado de la maligna intromisión de Irán y han instado a sus dirigentes políticos a que hagan frente a los apoderados de Teherán (grupos como Kataib Hezbolá, Asaib Ahl Al Haq y la Organización Badr) que aterrorizan habitualmente a los ciudadanos, extorsionan a las empresas y asesinan a los activistas de derechos. La incapacidad de Kadhimi para frenar su influencia ha contribuido a la creciente sensación de desesperación entre los iraquíes de a pie, demostrada en la escasa participación en las elecciones generales del mes pasado.

También hay frustración en el ejército iraquí, que corre el riesgo de ser suplantado por las milicias. Y en otras capitales árabes -y también en Washington- crece la preocupación de que Teherán esté utilizando a estos grupos para llevar la voz cantante en Bagdad.

Un político astuto podría canalizar la desesperación, la frustración y la ansiedad en un esfuerzo concertado contra su origen. Para Kadhimi, existe un impulso adicional: el intento de asesinato sugiere que las milicias ya no están satisfechas con su actitud y quieren quitárselo de en medio.

Tras los resultados no concluyentes de las elecciones, los grupos respaldados por Irán han tratado valerse de la intimidación para llegar al poder. Han cuestionado la legitimidad de la votación y se han enfrentado a las fuerzas de seguridad fuera de la Zona Verde de Bagdad.

Kadhimi, que no se presentó a las elecciones, espera mantener su puesto por ser el candidato que menos ofende a los partidos. Las milicias lo saben y, al parecer, consideran que eliminarlo de la ecuación mejorará sus posibilidades de colocar a su propio hombre en su puesto.

En su defecto, el ataque con drones puede haber tenido el efecto contrario, al ilustrar las credenciales de Kadhimi como candidato capaz de llegar a un compromiso. Al fin y al cabo, si las organizaciones más detestadas del país están decididas a acabar con él, los demás partidos podrían inclinarse por unirse a su causa.

El primer ministro también necesitará ayuda del exterior. Hará falta un esfuerzo internacional para presionar a Teherán para que frene a sus representantes iraquíes. El hecho de que el jefe de seguridad nacional de Irán, Ali Shamkhani, se haya visto obligado a negar la responsabilidad del intento de asesinato sugiere que el régimen al que representa siente al menos cierto grado de vergüenza, lo que da a otros países algo con lo que trabajar.

La República Islámica está dispuesta a mantener sus recientes conversaciones (mediadas, por cierto, por Kadhimi) con sus enemigos tradicionales. Los árabes tienen ahora la oportunidad de presionar a los iraníes para que frenen a sus proxies o, al menos, para que se mantengan al margen mientras los militares iraquíes hacen el trabajo.

Si el primer ministro puede reunir suficiente apoyo nacional e internacional, existe la posibilidad de que pueda enfrentarse a las milicias sin que se dispare un tiro. Lo más probable es que haya sangre: después de todo, las milicias cuentan con armas y entrenamiento de Irán. Pero el ejército iraquí es más que capaz de derrotarlas, habiendo demostrado sus habilidades de combate contra el Estado Islámico. También cuenta con armas y entrenamiento occidentales.

Un enfrentamiento es inevitable. Puede que la mano de Kadhimi nunca sea más fuerte que cuando todavía está vendada por el atentado contra su vida.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.